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Foto por Michelle Chaplow Efe Reportajes. Valencia, España

Foto por Michelle Chaplow Efe Reportajes

Por Catherine Cunningham

En todo el mundo son millones las fotografías digitales que se realizan, se suben a redes sociales y se almacenan cada día. Imágenes que, en raras ocasiones, son impresas en papel. ¿Tendrán un futuro?¿Cómo podemos y debemos preservar estas imágenes digitales?

La escasez de documentación fotográfica convencional generada desde finales del siglo XX hasta la actualidad va a suponer un reto considerable para los expertos, especialmente para los historiadores del arte.

Atrás quedaron los días en que copias, negativos y diapositivas se guardaban celosamente en cajones y armarios para formar parte de la herencia artística o familiar, generación tras generación. La pregunta es ¿estamos preparados para conservar nuestro legado fotográfico digital?.

De hecho, no solemos dar mucha importancia al número de imágenes que hacemos. En los albores de la fotografía digital, fueron muchos los que creyeron que eran de verdad “gratis” y pensaron que la cantidad no importa.

Algunas de estas primeras fotografías digitales ni siquiera fueron guardadas. El hecho de que no costaran dinero provocaba que el apego que se las tenía era mínimo. Parecía que carecían de valor.

Expertos fotógrafos coinciden en señalar que las primeras tomas elaboradas en la era digital fueron, a menudo, desechadas o borradas.

LA GRATUIDAD, UNA FALACIA.

El historiador del Arte y crítico español, Rafael Doctor Roncero, lo admite: “Efectivamente, yo ni siquiera guardé las primeras fotografías digitales que hice”.

Pero los especialistas saben que esa supuesta gratuidad es, en cierta medida, una falacia y,tanto los profesionales de la fotografía como el público en general, pronto se dieron cuenta de que las fotografías digitales no eran gratis por el simple hecho de ahorrarse el coste del carrete y del revelado.

“Los costes únicamente se transformaron: para los profesionales, en horas de edición y postproducción, además de la inversión añadida dedicada al almacenamiento, con la adquisición de discos duros externos y equipos informáticos más potentes para manejar este nuevo mundo de las imágenes digitales”, opina la fotógrafa británica Michelle Chaplow, freelance con 20 años de experiencia y miembro de la Real Sociedad Fotográfica de Gran Bretaña (Royal Photographic Society of Great Britain) y nominada varias veces al premio Black & White Photography Spider Awards.

La profesional británica es taxativa con respecto a lo que supone esta transición en el mundo de las imágenes: “La displicencia hacia aquellas primeras fotografías digitales de principios del siglo XXI saldrán muy caras para la Historia de la fotografía contemporánea”.

Efectivamente, fijándonos en dos periodos concretos: la primera década del siglo XX y la del presente siglo, vemos que no existe parangón desde el punto de vista de los avances fotográficos experimentados. En nuestros días, prácticamente cualquier ciudadano del mundo desarrollado tiene acceso a una cámara o a un teléfono, al contrario de lo que sucedía en la elitista época victoriana.

Pero puede ocurrir que las fotografías digitales, formadas por ceros y unos, intangibles y, de un mayor volumen, además de difíciles de almacenar, puede conllevar que, en el futuro, álbumes enteros se puedan perder por problemas informáticos o fallos en los dispositivos de almacenamiento. “Puede llegar a suceder que dentro de unos años tengamos más imágenes de la época victoriana que de la actual”.

David Clarke, jefe de fotografía de la Tate Gallery de Londres, afirma que esa inoperancia mostrada en un primer momento a la hora de almacenar y conservar las imágenes digitales representará un serio problema para el futuro de la Historia de la fotografía contemporánea:

“Nos encontraremos con una enorme brecha en la historia de la fotografía, incluida la documentación social, entre la época de los negativos y las diapositivas tradicionales y sus equivalentes digitales y, efectivamente, podría darse el caso de que hubiera más imágenes de la primera década del siglo pasado que de la primera de este siglo motivado, fundamentalmente, por el periodo de transición entre ambas etapas”.

INESTABILIDAD DE LOS DISPOSITIVOS ELECTRÓNICOS.

Por su parte Rafael Doctor Roncero es de la misma opinión: “A todo lo anterior se une el hecho de que los álbumes fotográficos que, en la actualidad, se encuentran correctamente guardados, se verán afectados, antes o después, por más que probables fallos en los sistemas de almacenamiento, que podrían provocar la pérdida de colecciones enteras de material gráfico”.

Actualmente, los fotógrafos (ya sean profesionales, semiprofesionales o aficionados) son conscientes de la necesidad de utilizar múltiples sistemas a prueba de fallos para la creación de copias de seguridad, copias remotas y copias externas.

Luis Torres Hinojosa, fotógrafo nacido en Córdoba que ha trabajado más de 25 años en la Agencia Efe, en España, y en otros medios de comunicación, comenta: “Tengo que dedicar muchas horas a mis archivos digitales para realizar una selección y pasar esas fotos a los últimos y, teóricamente, más seguros dispositivos para guardarlas. Como complemento, pongo una copia de la esencia de ese material en la ‘nube’ informática, por si acaso”.

“Este paso esencial no se ha extendido aún a los particulares, muchos de los cuales, en caso de padecer problemas con sus portátiles, ordenadores o unidades de almacenamiento, sólo dispondrán como sistema de copia de seguridad los álbumes de fotos almacenados en Facebook y en otras redes sociales, cuya resolución resulta ser muy baja”, matiza por su parte la británica Chaplow.

La fotógrafa internacional sentencia: Permítanme que lance una idea un tanto morbosa: ¿qué pasará con nuestra herencia digital después de haber muerto? Una herencia de fotografía digital es muy diferente a una herencia de fotografía física. La primera está íntimamente unida a nuestra identidad, ya se trate de fotografías o de correos electrónicos.

La experta Michelle Chaplow concluye: “A mi entender, si en el futuro no se logran recuperar estos datos, incluso de los más sagrados archivos digitales actuales, esta brecha será cada vez más y más difícil de salvar”.

Un asunto de máxima urgencia, un reto al que tendrán que enfrentarse de manera inmediata los historiadores del arte, fotógrafos y expertos en informática y que será crucial para preservar nuestra historia, la historia de nuestro mundo, hecha en imágenes.